Si hay una variedad de uva que todo el mundo conoce, es sin duda la Chardonnay. Cepa emblemática y reconocida a nivel mundial, está en el origen de los mejores Blanc de Blancs de Champagne y de los vinos blancos más prestigiosos de Borgoña. Muy apreciada por los consumidores por sus características aromáticas, su fiabilidad y su carácter prestigioso, los viticultores la valoran por su versatilidad, su capacidad para reflejar el terroir y su facilidad de cultivo. Gracias a sus numerosas cualidades, la Chardonnay se ha convertido en la segunda variedad blanca más plantada del mundo y en una de las más consumidas.

¿De dónde procede la Chardonnay?

Fue en Borgoña donde el Chardonnay echó raíces por primera vez, fruto del cruce entre dos variedades: Pinot Noir y Gouais Blanc. Apreciado por sus cualidades gustativas, se difundió progresivamente por varias regiones francesas y luego europeas, hasta convertirse, en el siglo XX, en una variedad reconocida a nivel internacional.

Hoy en día, el Chardonnay se cultiva no solo en Borgoña y en Champagne, sino también en Languedoc-Rosellón, el Valle del Loira, Saboya, Beaujolais o el Jura. Y no se queda ahí, ya que prospera en la mayoría de los continentes: California, Chile, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda… En total, ocupa más de 200.000 hectáreas en el mundo, lo que lo convierte en la segunda variedad blanca más plantada.

La versatilidad en su máxima expresión

El Chardonnay es una variedad extremadamente versátil, capaz de reflejar su entorno. Según el clima y el terroir en el que se cultiva, da lugar a vinos muy diferentes:

• En climas frescos como en Borgoña o en Champagne, produce vinos vivos, tensos y minerales.

• En climas templados a cálidos, da vinos más redondos, afrutados y a veces exóticos.

Esta diversidad también se refleja en la vinificación:

• Criado en depósitos de acero inoxidable, conserva sus aromas naturales, expresa gran finura y frescura aromática, ofreciendo una expresión pura de su terroir.

• Criado en barrica de roble, se muestra más potente, con gran riqueza aromática. En boca revela notas amaderadas, mantecosas o de brioche.

El Chardonnay puede así expresarse en casi todas las formas de vino blanco: seco, de guarda o espumoso, ofreciendo una gran libertad tanto a los viticultores como a los degustadores.

El Chardonnay en Champagne

En Champagne, el Chardonnay representa el 31 % del viñedo, es decir, más de 10.200 hectáreas. Variedad emblemática de la Côte des Blancs y conocida por dar origen a los mejores Blanc de Blancs, se desarrolla especialmente en suelos calcáreos ricos en tiza, que le permiten producir uvas finas y aromáticas. Este terroir excepcional alberga seis pueblos clasificados como Grand Cru, reconocidos por la calidad de sus suelos y el potencial de sus uvas.

Los champagnes elaborados con esta variedad se distinguen por sus aromas delicados, con notas florales (flores blancas, espino blanco, acacia), cítricas (limón, pomelo), de frutas blancas (manzana, pera) y, en ocasiones, minerales (tiza, sílex). Gracias a su acidez natural y a su estructura, el Chardonnay aporta a los vinos un gran potencial de envejecimiento, permitiéndoles ganar complejidad y finura con el paso de los años.

¿Qué comer con un champagne a base de Chardonnay?

A menudo servido como aperitivo o con el postre, a veces de forma errónea, el Blanc de Blancs puede acompañar toda una comida, siempre que se respeten los maridajes adecuados. Su frescura y vivacidad exigen un equilibrio preciso: mal combinado, puede quedar eclipsado o, por el contrario, dominar el plato.

Para encontrar el equilibrio perfecto, hay algunos principios sencillos a tener en cuenta.

Para el aperitivo, un Brut, gracias a su burbuja fina y su frescura, se disfruta idealmente solo o acompañado de aperitivos delicados.

Para los entrantes, un Blanc de Blancs Extra-Brut o Brut Nature combina perfectamente con platos yodados o a base de pescado: ostras, mariscos, salmón ahumado, rillettes o tartares. También puede realzar entrantes sencillos con aromas sutiles.

Para los platos principales, los Blanc de Blancs más estructurados (gracias a una crianza prolongada sobre lías, un paso por barrica o una añada más cálida) combinan perfectamente con pescados blancos, mariscos o aves, ofreciendo riqueza aromática y una buena longitud en boca.

Para el postre, es preferible evitar elaboraciones demasiado dulces o muy chocolatosas, ya que podrían eclipsar la finura y la frescura del champagne. Es mejor optar por postres a base de frutas frescas, como una pavlova o una tarta de limón con merengue. No obstante, sigue siendo un champagne que se disfruta principalmente al inicio de la comida.

Preguntas frecuentes:

No necesariamente. La variedad aporta de forma natural frescura y tensión, pero el estilo final depende del dosaje, del terroir y de la vinificación.

Un Blanc de Blancs se elabora exclusivamente a partir de variedades blancas, principalmente Chardonnay en Champagne. Un champagne “clásico” suele ser un ensamblaje de Chardonnay, Pinot Noir y Pinot Meunier, ofreciendo un perfil más amplio y más vinoso.

No. Aunque es muy apreciado como aperitivo, el champagne a base de Chardonnay puede acompañar toda una comida. Las cuvées más estructuradas o de añada son especialmente adecuadas para platos de pescado, mariscos o aves.

Para el aperitivo, priorice un Blanc de Blancs fresco y tenso. Para una comida, opte por una cuvée más madura, con una crianza prolongada o un paso por barrica. Para un regalo, un Blanc de Blancs de la Côte des Blancs o clasificado como Premier o Grand Crues una apuesta segura.

Sí. Gracias a su acidez natural, el Chardonnay aporta a los champagnes un excelente potencial de envejecimiento. Con el tiempo, ganan complejidad, desarrollando notas de brioche, tostadas y más evolucionadas.

Sí, sobre todo en su versión Brut. Su finura, frescura y equilibrio lo convierten en un excelente punto de entrada al mundo del champagne, al mismo tiempo que sigue siendo muy apreciado por los aficionados más experimentados.